El amor no estaba en el itinerario — Capítulo 1

  • Home
  • El amor no estaba en el itinerario — Capítulo 1

CAPÍTULO 1
La escapada que sobró

Camila Andrade llevaba cuarenta y siete minutos intentando convencer a un cliente de que una pantalla gigante no podía atravesar una puerta de servicio de un metro veinte. El cliente, que dirigía una empresa de transporte y por lo tanto debería haber respetado las dimensiones físicas, insistía en que todo era cuestión de actitud.

—La actitud no reduce el ancho del marco, Álvaro —dijo Camila, masajeándose la sien—. Y si tumbamos el muro del hotel, el lanzamiento de su nueva aplicación dejará de ser el problema principal.

Al otro lado de la videollamada se hizo un silencio ofendido. Camila aprovechó para mirar el reloj: siete y doce de la tarde. Su jornada había terminado oficialmente a las seis. De hecho, sus vacaciones habían comenzado oficialmente a las seis. En la práctica seguía en su escritorio, rodeada de carpetas, cables y una ensalada que ya no estaba segura de querer conocer.

La puerta de la oficina se abrió y Nicolás Salas asomó la cabeza.

—¿Puedo entrar o estás explicándole a otro adulto que la materia ocupa espacio?

Camila levantó un dedo. Nico obedeció, aunque entró de todas formas. Llevaba una mochila, una chaqueta impermeable colgada del brazo y un vaso de café con una etiqueta que decía CAMILA, DOS GOTAS DE ENDULZANTE, SIN ESPUMA INÚTIL.

—Te envío tres opciones de pantalla que sí caben —concluyó ella—. Las revisamos a mi regreso.

—Pero Camila, mañana podríamos…

—A mi regreso, Álvaro.

Cerró la llamada antes de perder las vacaciones y la paciencia en la misma conversación. Nico dejó el café frente a ella con la solemnidad de una ofrenda.

—Acabo de presenciar un milagro —dijo—. Pusiste un límite.

—Cerré una videollamada. No exageres.

—Para ti es prácticamente escalar el Everest en pantuflas.

Eran amigos desde el primer año de universidad, cuando Nico se había equivocado de sala y terminó sentado junto a Camila en una clase de gestión cultural. Había tardado cuarenta minutos en comprender el error y un semestre entero en admitir que se había quedado porque ella le prestó un lápiz azul. Doce años después, seguía apareciendo cuando ella estaba a punto de declarar la guerra a un cliente.

Camila tomó el café. Estaba perfecto.

—¿Qué haces aquí?

—Traerte una oportunidad única.

—La última vez que dijiste eso terminamos armando un mueble a las tres de la mañana.

—Y quedó de pie.

—Porque lo apoyamos contra la pared.

Nico abrió en su teléfono una conversación con Paula, amiga común y dueña de una capacidad notable para mandar audios de seis minutos sin respirar. En la pantalla había una confirmación de reserva.

—Paula y Diego tenían una escapada a Victoria desde hoy hasta el lunes. Diego comió algo sospechoso en un matrimonio y ahora no puede alejarse más de cinco metros de un baño. La reserva no admite devolución ni cambio de fecha, pero sí de pasajeros.

Camila bebió café mientras evaluaba la información como si fuera una licitación.

—Lo siento por Diego.

—No tanto como él.

—¿Y?

—Y nos la regalaron.

—¿Nos?

—A ti y a mí. Transporte, hostal, desayunos y unas actividades que no leí porque me gusta conservar la capacidad de sorprenderme.

Camila miró su escritorio. Tenía una semana libre y una lista de veintiséis pendientes domésticos: ordenar la despensa, cambiar la silicona de la ducha, donar ropa, comparar planes de salud y descansar de manera eficiente. Irse esa misma noche a una ciudad que nunca había visitado no figuraba en ninguna columna.

—No traje ropa.

Nico alzó la mochila.

—Yo pasé por tu departamento.

—¿Entraste a mi departamento?

—Tengo llave de emergencia.

—La palabra importante es emergencia.

—Te vi en una videollamada un viernes a las siete. Consideré que aplicaba.

Camila quiso indignarse. En cambio, imaginó cuatro días sin Álvaro, sin pantallas gigantes y sin el sonido de notificaciones laborales. Nico le entregó la mochila. Dentro había pantalones, ropa interior envuelta en una bolsa opaca, productos de aseo, un pijama y el suéter verde que ella siempre llevaba al sur.

—No pusiste calcetines —dijo después de revisar.

Nico cerró los ojos.

—Sabía que algo faltaba.

—¿Y tú qué llevas?

Él abrió su bolso. Dos grabadoras, tres micrófonos, cables, audífonos, una polera y una bolsa de maní.

—Prioridades.

Camila soltó una risa. Fue pequeña, pero algo se aflojó dentro de ella.

—Tenemos que pasar por mi casa.

—Eso significa que aceptas.

—Significa que no voy al sur sin calcetines.

—Lo tomaré como un sí con condiciones.

Salieron de la oficina diez minutos después. Nico cargó la mochila de Camila y le abrió la puerta del auto de aplicación que los llevaría al terminal. Cuando el vehículo tomó velocidad, él sacó del bolsillo un paquete de galletas de agua.

—Para el mareo —explicó.

Camila lo miró.

—No me mareo desde los veintidós.

—Porque desde los veintidós comes galletas cuando viajas.

Ella aceptó el paquete. A veces ser conocida por otra persona resultaba cómodo. Otras veces, como en ese momento, se parecía demasiado a quedar al descubierto.

En su departamento, Camila añadió ropa, cargadores, un botiquín y una carpeta plástica. Nico protestó al verla imprimir la confirmación.

—Existe en el teléfono.

—Los teléfonos se descargan.

—También imprimiste el mapa.

—Las señales se pierden.

—¿Imprimiste una lista de restaurantes?

—La gente tiene que comer, Nicolás.

Él sacó una hoja adicional de la impresora y escribió con plumón: OBJETIVO OFICIAL DEL VIAJE: QUE CAMILA NO ORGANICE NADA.

—Eso es una contradicción —dijo ella.

—Es una aspiración.

Corrieron al terminal bajo una llovizna fina. Llegaron con cinco minutos de sobra, lo que para Camila era una catástrofe logística y para Nico una victoria. Encontraron sus asientos, guardaron las mochilas y se dejaron caer mientras el bus encendía el motor.

—Cuatro días —dijo Camila—. Sin decisiones irresponsables, sin actividades peligrosas y sin convertir esto en uno de tus documentales.

—De acuerdo.

—Y sin subir fotos mías sin preguntarme.

—De acuerdo.

—¿Por qué aceptas tan rápido?

—Porque todavía no llegamos y ya estás negociando contigo misma para pasarlo bien.

Camila iba a responder cuando el teléfono vibró. Paula había enviado el comprobante del cambio de pasajeros. Ella abrió el archivo y leyó en silencio. Luego lo amplió con dos dedos, como si el tamaño de las letras pudiera modificar su contenido.

—Nico.

—¿Mmm?

—¿Qué clase de actividades no leíste?

Él se inclinó hacia la pantalla. Bajo el nombre del hostal aparecía una línea en coral:

PAQUETE ANIVERSARIO. EXPERIENCIA ROMÁNTICA. HABITACIÓN MATRIMONIAL.

Nico se acomodó en el asiento.

—Bueno —dijo—. Al menos llevaste pijama.

 

Camila abrió la conversación con Paula y grabó un mensaje de voz.

—Hay una pequeña diferencia entre “escapada tranquila” y “experiencia romántica de aniversario”.

Paula respondió antes de que el bus saliera de Santiago.

—No alcancé a cambiar el paquete. Pero ustedes son adultos. Además, la habitación es enorme. Diego y yo casi no nos íbamos a hablar porque pensábamos dormir todo el fin de semana.

De fondo, Diego emitió un lamento que pareció confirmar sus prioridades actuales.

—¿Ves? —dijo Nico—. La reserva viene con una bendición digestiva.

Camila revisó las condiciones. Incluían desayuno en la habitación, una fotografía conmemorativa y participación en actividades para parejas. Marcó cada punto con el dedo.

—No haremos la fotografía.

—De acuerdo.

—Ni las actividades.

—De acuerdo.

—Y pediremos dos camas.

—De acuerdo.

—Otra vez estás aceptando demasiado rápido.

—Porque confío en tu capacidad para convertir una reserva romántica en una auditoría.

El bus dejó atrás las luces de la ciudad. Camila guardó el teléfono y permitió que el asiento se inclinara. Nico puso una película en la pantalla compartida, una comedia que ambos habían visto tantas veces que podían anticipar los diálogos. A mitad de camino, Camila se quedó dormida contra su hombro.

Despertó brevemente cuando él acomodaba la chaqueta sobre sus piernas. Podría haberse enderezado. En cambio, cerró los ojos y siguió allí, protegida por la familiaridad de alguien que nunca le había exigido explicaciones por necesitar descanso.

Antes de dormirse otra vez, pensó que una habitación matrimonial solo sería incómoda si ellos permitían que lo fuera. Eran amigos. Los mejores. Habían compartido sillones, viajes y largas noches de trabajo. Podían manejar cuatro días.

La certeza duró hasta que Nico, dormido, apoyó la mejilla sobre su pelo y entrelazó sin querer los dedos con los de ella.

 

 

loader